La lluvia acababa de caer sobre una carretera a las afueras de Madrid.

Diego Navarro, un repartidor de 29 años, conducía su moto cuando vio algo extraño frente a él.

Un coche negro perdió el control.

Las ruedas resbalaron sobre el asfalto mojado y, segundos después, el vehículo chocó violentamente contra una barrera de hormigón.

Diego frenó de inmediato.

Varios coches se detuvieron.

A pocos metros, una mujer llamada Elena Vargas miraba el accidente completamente aterrorizada.

—¡Dios mío! ¡Hay alguien dentro! —gritó.

Diego dejó su moto, se quitó el casco y corrió hacia el coche.

—¡Llamad al 112!

Dentro encontró a un hombre mayor.

Estaba inmóvil en el asiento.

Se llamaba Álvaro Serrano, aunque Diego todavía no lo sabía.

La puerta del conductor estaba bloqueada, así que Diego consiguió abrir parcialmente la del otro lado.

Se acercó al hombre y comprobó que respiraba.

—¡No lo muevas! —gritó Elena.

—Está respirando —respondió Diego.

Entonces una nube de humo gris comenzó a salir del capó.

En pocos segundos se hizo más intensa.

Diego miró el motor y comprendió que no podían quedarse allí.

—Hay que sacarlo de aquí.

Con ayuda de otro conductor, liberó el cinturón y sacó cuidadosamente a Álvaro.

No lo llevaron lejos.

Solo hasta una zona segura al lado de la carretera.

Diego se arrodilló junto a él.

—Señor, ¿me oye?

Nada.

Por un instante, Diego temió haber llegado demasiado tarde.

Entonces Álvaro tosió débilmente.

Abrió los ojos durante unos segundos.

Diego respiró aliviado.

—Tranquilo. Ya viene una ambulancia.

A lo lejos ya podían escucharse las sirenas.

Parecía que lo peor había terminado.

Pero entonces Elena se acercó.

Al principio solo miraba al hombre herido con preocupación.

Hasta que vio claramente su rostro.

Se detuvo en seco.

Su expresión cambió por completo.

Ya no parecía simplemente asustada por el accidente.

Parecía estar viendo algo imposible.

Diego lo notó.

—¿Lo conoce?

Elena no respondió.

Retrocedió un paso.

Después miró a Diego con miedo.

—¿Qué has hecho?

Diego frunció el ceño.

—¿Qué?

Elena señaló al hombre.

—No tenías que sacarlo.

Diego no podía creer lo que estaba escuchando.

Miró hacia el coche destrozado, del que todavía salía humo.

—¡El coche podía arder!

Pero Elena permaneció inmóvil.

Diego comenzó a sentir que algo no encajaba.

Entonces Álvaro volvió a abrir los ojos.

Diego se inclinó hacia él.

—Señor, míreme.

Álvaro consiguió enfocar la mirada.

Al ver a Diego, su rostro se llenó de miedo.

—¿Quién… te llamó?

Diego quedó desconcertado.

—Nadie. Vi el accidente.

Pero Álvaro parecía no creerle.

De pronto, miró por encima del hombro de Diego.

Sus ojos encontraron a Elena.

Y su expresión cambió.

—Elena…

Diego giró inmediatamente.

—¿Es familia suya?

Elena perdió todo el color del rostro.

-No.

Hubo unos segundos de silencio.

Las sirenas se escuchaban cada vez más cerca.

Entonces Elena pronunció una frase que hizo que Diego sintiera un escalofrío.

—Ese hombre murió hace tres años.

Diego la miró, convencido de haber escuchado mal.

Después volvió lentamente la cabeza hacia Álvaro.

El hombre estaba allí.

Respiración.

Mirándolo.

Sujetando débilmente su brazo.

¿Cómo podía estar muerto?

Diego quiso hacer otra pregunta, pero Álvaro reunió las pocas fuerzas que le quedaban y agarró su muñeca.

—¿Qué pasa? —preguntó Diego.

Álvaro tiró suavemente de él para que se acercara.

Diego inclinó la cabeza.

Entonces el anciano le susurró algo al oído.

Solo unas pocas palabras.

Pero fueron suficientes.

El rostro de Diego cambió por completo.

La confusión desapareció.

En su lugar apareció miedo.

Miedo verdadero.

Diego levantó lentamente la mirada hacia Elena.

Ella comprendió inmediatamente que Álvaro le había contado algo.

—¿Qué le ha dicho? —preguntó.

Diego no respondió.

Álvaro apretó su muñeca una última vez.

Las luces de la ambulancia comenzaron a reflejarse sobre el asfalto mojado.

Pero Diego ya no miraba hacia los servicios de emergencia.

Miraba únicamente a Elena.