Rebecca se precipitó por la estrecha y resbaladiza oscuridad, golpeándose los hombros y la columna vertebral contra el tobogán metálico mientras luchaba desesperadamente por amortiguar el golpe contra Lucy. La caída parecía interminable: una vertiginosa sucesión de fuertes impactos y frías paredes metálicas, hasta que se estrellaron contra una enorme pila de cajas de cartón comprimidas en el cuarto de reciclaje del sótano.
El polvo se levantó en el aire húmedo, cegándola. Lucy lanzó un grito agudo y de pánico que Rebecca ahogó al instante con la mano, arrastrando a la niña hacia la sombra de un compactador de basura industrial. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas como un pájaro atrapado. Sobre ellas, en el largo conducto metálico de ventilación, el silencio era sofocante. Ya no se oían disparos. Ni pasos. Solo el zumbido mecánico y lejano del horno del edificio.
Un disparo. Eso fue todo lo que escuchó antes de caer.
Rebecca cerró los ojos con fuerza, conteniendo el violento sollozo que le desgarraba la garganta. Mark se había ido. O Arthur. En cualquier caso, el hombre que la había criado o el que se había acostado con ella estaba muerto, y ambos habían construido sus vidas sobre una base de mentiras grotescas.
¿Qué le pasó a tu hermano?
Las últimas palabras de Arthur resonaban en su mente, más agudas que el dolor físico que le palpitaba en las costillas. Había crecido como hija única. Nunca había habido una habitación infantil, nunca se había mencionado a un hermano, nunca un segundo calcetín navideño sobre la chimenea. Sin embargo, el terror absoluto y paralizante en el rostro de Mark cuando Arthur pronunció esas palabras demostraba que no era una farsa. Mark lo sabía.
Se oyó un fuerte tintineo proveniente del conducto del techo.
Rebecca se quedó paralizada, conteniendo la respiración. Un objeto pequeño y pesado rodó por la pendiente metálica, traqueteando violentamente antes de rebotar contra la pila de cartón y caer con un suave golpe en la tierra, justo a sus pies.
Era la memoria USB plateada, manchada de sangre fresca y húmeda.
Antes de que pudiera reaccionar, un chirrido metálico resonó en la pesada puerta de acero que daba al callejón exterior. Alguien la estaba abriendo desde afuera.
Rebecca arrebató el disco duro ensangrentado, lo metió a la fuerza en el bolsillo de sus vaqueros y retrocedió hacia el laberinto de contenedores industriales, apretando la cara de Lucy contra el hueco de su cuello.
La pesada puerta de acero se abrió de golpe. Una silueta alta apareció bajo la tenue luz de las farolas del callejón. No era Arthur, ni tampoco uno de sus trajes tácticos. La figura vestía una gabardina a medida y caminaba con una marcada cojera rítmica.
La figura se detuvo, escudriñando las sombras. «Sé que estás aquí, Rebecca», exclamó una voz femenina suave y desconocida, con una compostura escalofriante. «Tu padre cree que está resolviendo asuntos pendientes, pero Elijah nos engañó a todos. Deja a la niña en el contenedor, sal y tal vez vivas para reencontrarte con tu madre».
A Rebecca le flaquearon las rodillas. La voz no parecía la de una desconocida; tenía una cadencia sutil y aterradora que reflejaba la suya propia.
—¿Quién eres? —susurró Rebecca en la oscuridad, incapaz de evitar que las palabras escaparan.
La mujer se adentró por completo en la luz fluorescente de la bombilla del techo del sótano, echándose la capucha hacia atrás. Su rostro era una réplica exacta, aunque curtida por el tiempo, de los rasgos de Rebecca: los mismos pómulos altos, los mismos llamativos ojos verdes, desfigurados únicamente por una cicatriz irregular que le recorría desde la sien hasta la mandíbula.
—Soy la hija que Arthur tuvo —dijo la mujer, sacando una pistola con silenciador del bolsillo de su abrigo y apuntando directamente al contenedor de basura donde se escondía Rebecca—. Y a ti te usó para reemplazarnos.
Un estallido seco y ensordecedor rompió el silencio del sótano, pero no provenía del arma de la mujer. La lámpara que estaba sobre su cabeza se hizo añicos, sumiendo la habitación en la oscuridad total, mientras una mano agarraba a Rebecca por detrás y le tapaba la boca con la palma enguantada.