El aire de la habitación del bebé aún olía a tela quemada y humo denso cuando el crujido seco del yeso desmoronándose resonó por los pasillos de la mansión.
No sentía el dolor en el omóplato, todavía no. El impacto de la lámpara de madera maciza le había adormecido los sentidos, dejando solo un zumbido agudo en el oído izquierdo y el cálido peso de su hijo contra su pecho. Debajo de él, arrodillada sobre la alfombra con la barra encendida, su esposa respiraba entre sollozos, con los ojos muy abiertos, fijos no en su suegra que se alejaba, sino en la puerta abierta tras ellos.
—No debiste haber mirado en el cajón, Helena —la voz de su madre carecía de la histeria de segundos antes. Era una calma fría y quirúrgica, el tono de alguien que ajusta una pieza mal colocada en el tablero de ajedrez.
Se levantó lentamente, cubriendo a su esposa y a su recién nacido con su propio cuerpo mientras las llamas devoraban la tela sintética a sus pies. El fuego consumió el cuaderno de bitácora que había caído al suelo junto con los juguetes; el mismo cuaderno encuadernado en cuero que Helena había arrancado del fondo del cambiador momentos antes de ser atacada.
“Mamá… ¿qué es esto?”, su voz se quebró, ronca por el humo. “El certificado de nacimiento… ¿por qué está tachado el nombre de mi padre con la fecha de ayer?”
La anciana ni siquiera pestañeó. Ignorando las llamas que se elevaban por la cortina de lino, dio dos pasos lentos hacia adelante, clavando los talones en el suelo de roble.
“Porque el hombre al que has llamado padre toda tu vida jamás puso un pie en esta casa, Eduardo. Y si tu esposa se hubiera quedado callada, nunca habrías tenido que saber quién pagó por este techo.”
Un sordo estruendo provino de la planta baja. Pasos pesados, numerosos y apresurados subieron la escalera de mármol. Helena tiró del dobladillo de sus pantalones, con la mano temblando incontrolablemente mientras señalaba el espejo sobre el tocador. Reflejado en el cristal, agrietado por el calor, el pestillo de la ventana del balcón se abrió solo, proveniente del exterior.
—Llegaron antes de lo previsto —murmuró la suegra, ajustándose el cuello de seda verde sin rastro de remordimiento—. Entrégame al niño, Eduardo. Ahora mismo.
Antes de que pudiera dar un paso atrás, la luz de la habitación se apagó por completo, cortada por la caja central, y el llanto del bebé cesó abruptamente, amortiguado por una mano enguantada de negro que cayó del techo.