Las ruedas del todoterreno negro derraparon sobre el asfalto caliente, levantando una nube de polvo y gravilla que se coló de golpe en la terraza. El estruendo metálico cortó el aire y obligó a los pocos turistas que aún miraban la escena a apartarse despavoridos. Elena sintió cómo la sangre se le helaba en las venas; la frágil sensación de alivio que apenas segundos antes le había devuelto el aliento se desvaneció en una fracción de segundo, reemplazada por el eco metálico de un peligro mucho mayor que el que acababa de dejar atrás. El vehículo frenó en seco, bloqueando por completo la salida hacia el paseo marítimo, y las puertas traseras se abrieron con un chasquido sincronizado antes de que los dos agentes de policía pudieran siquiera reaccionar ante la emboscada. Un par de hombres con trajes oscuros y rostros pétreos descendieron con una rapidez milimétrica, ignorando por completo los gritos de advertencia de las autoridades locales. El más alto de ellos, con una cicatriz fina que le cruzaba la mandíbula izquierda, avanzó hacia Elena con pasos firmes, ignorando el llanto aterrorizado del niño que se aferraba con más fuerza al cuello de su madre. «Vienes con nosotros, Elena. No lo hagamos más difícil de lo necesario», ordenó con una voz fría y mecánica que no admitía réplica. Ella retrocedió tropezando con los tablones de madera, protegiendo con su propio cuerpo al pequeño, mientras su mente trataba de calcular desesperadamente una ruta de escape que ya no existía.
Un destello metálico interrumpió el avance del hombre de la cicatriz cuando uno de los policías desenfundó su arma reglamentaria y apuntó directamente al pecho del desconocido. «¡Alto ahí! ¡Policía! ¡Nadie se mueve!», gritó el agente con el rostro contraído por la tensión, dando un paso al frente para interponerse entre el emisario y la mujer. El hombre del traje oscuro no mostró la más mínima señal de miedo; en su lugar, esbozó una sonrisa cortante y desprovista de cualquier atisbo de empatía. Sin apartar la mirada de Elena, levantó lentamente la mano derecha y presionó un diminuto comunicador oculto en la solapa de su chaqueta. «Código Cero activo. Limpien el perímetro», musurró con frialdad. Antes de que el policía pudiera disparar o pedir refuerzos por la radio, un silbido sordo rasgó el viento y una pequeña aguja metálica se clavó con precisión quirúrgica en el cuello del agente, haciéndole desplomarse instantáneamente sobre el suelo con los ojos abiertos y vidriosos. El segundo policía intentó girar para defenderse, pero una ráfaga de gas incapacitante lanzada desde el todoterreno lo sumió en un colapso fulminante. El pánico estalló de inmediato entre los transeúntes, que comenzaron a correr despavoridos en todas direcciones, dejando a Elena completamente sola y expuesta bajo el sol implacable.
El hombre de la cicatriz se cernió sobre ella con una autoridad implacable, extendiendo una mano de dedos largos y fríos para arrancarle al niño de los brazos. «¡No! ¡Déjalo! ¡Por favor!», gritó Elena con un desgarro en la garganta, golpeando con los puños cerrados el pecho de su atacante mientras las lágrimas brotaban desbocadas por sus mejillas. El hombre ni siquiera se inmutó ante los golpes y, con un movimiento seco, la apartó a un lado, arrojándola contra una de las mesas de metal que quedó volcada en el acto. El pequeño sollozó aterrorizado mientras era alzado en vilo y llevado hacia la parte trasera del todoterreno, donde el hombre de cabello plateado aguardaba imperturbable con la ventanilla bajada. Elena, con las palmas de las manos raspadas y sangrando contra los adoquines, intentó arrastrarse para seguirlos, pero una bota pesada se posó con firmeza sobre su muñeca, inmovilizándola contra el suelo. Levantó la vista con furia y desesperación, encontrándose cara a cara con la mirada glacial del anciano en el interior del vehículo, quien se inclinó ligeramente hacia delante y apoyó los dedos sobre el cristal tintado. «Creíste que podías esconderte al otro lado del mar, pequeña Clara», murmuró el anciano con una voz tan suave como letal antes de que el pestillo trasero se cerrara de golpe. En ese preciso instante, el teléfono móvil que Elena llevaba en el bolsillo trasero comenzó a vibrar con una intensidad frenética, iluminando la pantalla con un único mensaje desconocido: «Si quieres volver a ver a tu verdadera familia con vida, sube al siguiente tren en dirección a la frontera».