La tensión en la lujosa residencia había alcanzado un punto de no retorno. El eco de una discusión violenta resonó por los pasillos de mármol cuando una mujer vestida con una camisa blanca se desplomó al suelo tras ser brutalmente agredida por su pareja, un hombre alto vestido completamente de negro. A un lado, una mujer mayor con un vestido plateado presenciaba la escena en estado de shock.
Con la respiración agitada y los ojos llenos de furia e indignación, la joven gritó con todas sus fuerzas mientras intentaba incorporarse:
—¡¡Fuera de mi casa!!
Sin perder un solo segundo, se agachó para buscar desesperadamente dentro de su bolso negro que yacía en el suelo. Sus manos temblorosas sacaron su teléfono móvil. Marcó rápidamente un número de emergencia y, al responder la llamada, su voz resonó con una firmeza implacable y llena de ira:
—¡Marcos! ¡Daniel me ha golpeado! ¡Actívalo todo ahora mismo!
El agresor, al escuchar esas palabras, cambió su expresión de soberbia por una de puro terror. Antes de que pudiera reaccionar o huir, una pesada puerta de cristal de la bodega de vinos se deslizó repentinamente detrás de él, atrapándolo por completo en su interior.
El hombre comenzó a golpear desesperadamente los cristales blindados, viendo cómo su libertad desaparecía en un segundo. La mujer se acercó lentamente a la vitrina de cristal, mirando fijamente a su agresor a los ojos mientras este gritaba desconsoladamente.
Con una voz fría y decidida, sentenció:
—¡Nunca más me pondrás la mano encima!