La enorme mansión de la familia parecía volverse más fría y sombría con cada segundo que pasaba. En el gran vestíbulo de la entrada, junto a la pesada puerta de madera, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Victoria, una mujer madura vestida con un elegante traje beige, sujetaba con firmeza y agresividad los brazos de la joven, empujándola hacia la salida sin ningún tipo de compasión.
La joven, desconcertada y asustada, intentaba zafarse del agarre mientras las palabras de Victoria resonaban con furia en las paredes de la casa:
—¡Tu madre ya no está! Esta es mi casa, ¡lárgate!
Victoria la sacudía con violencia, dispuesta a expulsarla a la calle sin contemplaciones. Sin embargo, el estruendo de la discusión interrumpió el silencio de la parte superior de la residencia. Por la gran escalera de caracol bajó apresuradamente el dueño de la casa, un hombre de cabello canoso y traje gris, alertado por los gritos desesperados.
Al ver la escena al pie de la escalera, el hombre corrió hacia ellas con el rostro lleno de angustia e indignación:
—¡Victoria! ¿Qué le estás haciendo a mi hija?
Sorprendida por la repentina aparición de su esposo, Victoria soltó a la joven e intentó recomponerse rápidamente, buscando una excusa para justificar su actitud:
—Se estaba yendo…
Pero el padre de la joven no estaba dispuesto a creerse semejante mentira. Se interpuso entre ambas, protegiendo a su hija y encarando a Victoria con la mirada encendida de rabia:
—¿Se iba o la estaba echando? ¡Dime exactamente qué pasó!
La joven se llevó la mano a la mejilla, temblando por el susto, mientras su padre exigía respuestas en medio del tenso silencio que dominó el vestíbulo. La verdad estaba a punto de salir a la luz, y la mascara de Victoria comenzaba a desmoronarse por completo.