En el majestuoso salón principal de la lujosa mansión De la Vega, la tensión era tan densa que resultaba asfixiante. Una mujer elegantemente vestida con un vestido azul satinado sostenía una jarra metálica con agua hirviendo sobre un sillón de terciopelo rojo, donde un pequeño bebé con mameluco amarillo lloraba desconsoladamente.
A pocos centímetros, una sirvienta de uniforme intentaba detener con desesperación el brazo de la mujer para evitar una tragedia irrecuperable. En medio del caos, las voces estallaron:
—¡Aléjate del bebé! —gritó la sirvienta con voz desgarradora mientras se abalanzaba para proteger al pequeño.
—¡Muévete, no te interpongas! —replicó la mujer del vestido azul con frialdad y furia.
En ese preciso instante, las pesadas puertas de madera del salón se abrieron de golpe. Un hombre impecablemente vestido con traje oscuro y chaqueta de terciopelo azul irrumpió en la habitación. Sostenía su teléfono móvil en alto, registrando en video todo el aterrador incidente.
—¡Bórralo! ¡Borra eso ahora mismo! —chilló la mujer violentamente mientras se abalanzaba hacia él para arrebatarle el teléfono.
El hombre logró esquivarla con firmeza, empujándola hacia el suelo, donde la mujer cayó estrepitosamente. Mientras ella intentaba levantarse, el hombre corrió hacia la sirvienta, quien ya tenía al bebé en sus brazos.
—¡No toques a mi hijo! —gritó el hombre con indignación, tomando al pequeño en sus brazos.
La mujer en el suelo extendió la mano, intentando en vano detenerlo.
—¡Me llevo a mi hijo! ¡Estás acabada! —sentenció él con firmeza mientras daba media vuelta y salía apresuradamente del salón con el bebé en sus brazos, dejando atrás a la mujer devastada y sin argumentos.