
La mansión olía a pino y a cera derretida.
Cientos de luces amarillas colgaban del árbol como gotas de miel congeladas.
Lucía tenía cuatro años y un lazo rosa que se le resbalaba siempre del mismo lado.
Nadie se lo ajustaba.
Su madre había muerto en primavera.
Su padre estaba en el piso de arriba, con una copa que nunca se vaciaba del todo.
Abajo, en el gran salón, los invitados reían con la boca abierta y los ojos cerrados.
Lucía se sentaba sola junto al árbol, contando las esferas rojas.
Una, dos, tres.
Le gustaba contar cosas. Las cosas que se cuentan no se mueren.
Su muñeca de trapo, Bibi, tenía una oreja cosida con hilo blanco.
Se la había cosido su madre, la última semana.
Lucía apretaba a Bibi contra el pecho cada vez que las voces subían de volumen.
—Qué niña tan rara —dijo alguien, en algún lugar detrás de ella.
Lucía no se dio vuelta.
Había aprendido que no darse vuelta dolía menos.
El mayordomo, un hombre viejo de manos temblorosas, le trajo un chocolate caliente.
—Para que no tengas frío, pequeña.
Ella sonrió con los dientes apretados.
Era la única sonrisa que aún le quedaba entera.
Arriba, las escaleras de mármol brillaban bajo la luz de la araña de cristal.
Cada peldaño reflejaba una parte distinta de la fiesta: risas, copas, zapatos de charol.
Nadie miraba hacia abajo, hacia la niña sentada junto al árbol.
Nadie, excepto una mujer de vestido negro strapless que la observaba desde lejos, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Se llamaba Verónica. Era la nueva prometida del padre de Lucía.
Llevaba tres meses en la casa y ya había cambiado las cortinas, los manteles, el perfume del aire.
Lo único que no había logrado cambiar era a Lucía.
—Ven aquí, cariño —le dijo una vez, con voz de caramelo envenenado.
Lucía se había escondido detrás del sofá durante dos horas.
Verónica no la buscó.
Esa noche, mientras la fiesta crecía, un hombre de traje negro se acercó a Verónica.
Se llamaba Gustavo. Era el hermano de ella, recién salido de una mala racha con las cartas.
—¿Dónde está la huérfana? —preguntó, riendo bajito.
—Junto al árbol. Contando bolitas rojas, como siempre.
—Vamos a divertirnos un rato.
Verónica se alisó el vestido y sonrió.
—Solo un rato. Sin marcas.
Lucía no escuchó esa conversación.
Pero sintió, como sienten los niños, que algo frío se acercaba.
Apretó a Bibi más fuerte.
La oreja cosida rozó su mejilla.
Afuera, la nieve caía sin ruido sobre un auto negro que se detenía frente a la entrada.
Nadie en la fiesta lo notó todavía.
Tres hombres bajaron del auto.
Uno de ellos llevaba un abrigo largo y una expresión que no pedía permiso para nada.
Faltaban nueve minutos para las nueve.
Lucía contaba las últimas esferas rojas del árbol cuando escuchó los pasos de Verónica acercarse, ligeros como los de un gato que ya eligió a su presa.
—Hola, princesita —dijo Verónica, agachándose.
Lucía apretó a Bibi.
—¿Jugamos a algo?
Lucía negó con la cabeza, despacio.
—No era una pregunta.
Gustavo se acercó por el otro lado, cortando el camino hacia la escalera.
El salón, de pronto, pareció más grande y más vacío.
Las risas de los otros invitados seguían sonando, lejanas, como si vinieran de otra casa.
Lucía miró a un lado. Miró al otro.
No había ningún adulto que la mirara a ella.
Solo esos dos, sonriendo con los dientes muy blancos.
—Corre si quieres —dijo Gustavo—. Es más divertido así.
Lucía no entendía el juego.
Pero entendía el miedo.
Y el miedo, a los cuatro años, no necesita explicación.
Soltó a Bibi sin querer. La muñeca cayó bajo el árbol, entre las cajas envueltas en papel dorado.
Lucía no se detuvo a recogerla.