La noche caía sobre la ciudad, pero dentro del lujoso penthouse la atmósfera era sofocante y ardía en tensión. Una mujer de cabello pelirrojo, vistiendo un elegante vestido morado, explotó en una furia incontrolable mientras sujetaba varias prendas de ropa con ambas manos y las arrojaba violentamente al aire.

—¡Toma tus cosas y vete!

Gritó con la voz desgarrada por el odio y la rabia acumulada. Sin embargo, antes de que pudiera continuar con su ataque, un hombre con un traje gris impecable la agarró bruscamente por los brazos desde atrás y la empujó con fuerza hacia atrás.

La mujer perdió el equilibrio y cayó de espaldas contra la mesa centro de cristal, la cual se destruyó al instante bajo su peso, dejando una lluvia de fragmentos afilados esparcidos por todo el piso. Un anciano, que observaba la escena desesperado, intentó intervenir para protegerla, pero el hombre de traje lo detuvo violentamente, sujetándolo por los hombros mientras se inclinaba sobre él con una mirada fría y amenazante:

—Papá, ya has tomado tu decisión.

La mujer pelirrojo, rodeada de vidrios rotos en el suelo, se incorporó con dolor, manteniendo la mirada fija en su agresor con un odio implacable. Pero cuando intentó ponerse de pie para encararlo, el hombre le propinó un fuerte golpe en el rostro, haciéndola caer nuevamente sobre los cristales esparcidos.

El silencio volvió a apoderarse de la habitación, pero la fractura en esa familia era ya irreversible y las consecuencias de esa noche apenas comenzaban a escribirse.