El tirón repentino y violento del cabello le produjo a Clara una punzada de agonía en la cabeza; su grito resonó en las minimalistas paredes blancas de yeso mientras, instintivamente, se aferraba al borde de la cuna de madera clara. La voz de Elena cortó el aire como una cuchilla, siseando la acusación de mentirosa justo cuando la pesada puerta del dormitorio se abrió de golpe. Julian se quedó paralizado en el umbral, su rostro se contrajo instantáneamente en una expresión de pura incredulidad antes de gritar que parara. Elena no dudó, empujando a Clara hacia atrás con fuerza despiadada. Clara soltó el agarre y se estrelló de costado contra las tablas de roble blanqueado del suelo, cerca de la alfombra color crema, jadeando mientras una aguda oleada de dolor le recorría las costillas.
Elena se cernía sobre ella, con veneno goteando de sus ojos mientras le escupía la orden de que se marchara. Antes de que Clara pudiera siquiera levantar la cabeza, Julian irrumpió en la habitación, empujando a su madre con ambas manos con tal furia que la hizo tropezar hacia atrás contra el armario blanco lacado con un fuerte y resonante golpe. Dentro de la cuna, el bebé despertó al instante, llorando de terror bajo la manta azul celeste. Julian se interpuso entre ellos, con el pecho agitado, ordenándole que se fuera. Elena lo miró fijamente, con la mandíbula temblando por una mezcla tóxica de humillación y rabia ardiente, mientras Clara temblaba en el suelo, con lágrimas calientes corriendo incontrolablemente por su rostro mientras los llantos del bebé perforaban el aire lleno de humo.
Julian cayó de rodillas, sacó al bebé de la cuna y los abrazó a ambos contra su pecho para protegerlos. Pero la mirada de Elena se clavó en el pesado candelabro de latón que descansaba sobre el armario, y sus dedos se aferraron frenéticamente a su fría base metálica. Sin previo aviso, se abalanzó hacia adelante, golpeando con brutalidad la espalda de Julian con el pesado candelabro. Un fuerte y espantoso golpe resonó en la habitación mientras Julian gemía de dolor, arqueando el cuerpo para proteger al bebé. El impulso y el impacto hicieron que Elena perdiera el agarre, y el candelabro encendido cayó directamente sobre la mullida alfombra color crema. La llama prendió al instante, y una repentina y violenta llamarada encendió la alfombra, creando una densa columna de humo negro que se elevó hacia el techo.
El fuego trepó vorazmente por las brillantes paredes, devorando las cortinas de lino transparente y convirtiendo el tranquilo ático en un infierno rugiente en cuestión de segundos. La expresión de Elena se transformó instantáneamente de furia ciega a terror absoluto y paralizante al contemplar la pared de llamas que le bloqueaba el paso. Tropezando hacia atrás, se ahogó con el denso humo y corrió frenéticamente por el piso hacia el pasillo, abriendo de golpe la puerta del dormitorio. Salió corriendo al corredor, deteniéndose una fracción de segundo para mirar atrás con horror absoluto mientras el fuego anaranjado consumía por completo la habitación, atrapando a la familia dentro. La pesada puerta de madera se cerró de golpe tras ella, sellando el infierno ensordecedor en un silencio absoluto.