La tensión en la moderna sala de reuniones era casi palpable. Frente a un gran ventanal que mostraba las luces nocturnas de la ciudad, tres personas se encontraban reunidas en medio de un conflicto evidente. Un hombre joven permanecía sentado a la mesa con la mirada perdida y los dedos entrelazados, completamente impasible frente a lo que estaba a punto de ocurrir.

De repente, una mujer mayor vestida con una camisa verde agarró un plato lleno de comida y se lo arrojó bruscamente en la cara a una joven vestida con un suéter gris. Los restos de comida salieron volando por el aire y cayeron sobre la mesa pulida de madera. Con el rostro desencajado por la rabia y la arrogancia, la mujer mayor le gritó con desprecio:

—¡Eres una inútil!

La joven, con el rostro y el cabello manchados de comida y la cara desencajada por el dolor y la vergüenza, no pudo contener las lágrimas. Temblando de indignación, sacó rápidamente su teléfono móvil del bolsillo y marcó un número con desesperación. Al contestar la llamada, suplico con la voz quebrada por el llanto:

—¡Necesito ayuda, me atacaron!

Al ver que la joven estaba pidiendo auxilio, la mujer de verde se enfureció aún más. Se acercó a ella amenazantemente, con los ojos desorbitados y la voz cargada de agresividad, exigiéndole:

—¡Cuelga eso ahora mismo!

Sin embargo, antes de que pudiera arrebatarle el teléfono o continuar con su agresión, la mujer de verde tropezó o perdió el equilibrio bruscamente, cayendo de golpe hacia el suelo mientras soltaba un grito de frustración y dolor:

—¡Se acabó!

La joven se quedó de pie, observando a su agresora tendida en el piso, mientras la persona al otro lado de la línea prometía llegar de inmediato para poner fin a tanto abuso.