La habitación del hospital estaba sumida en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el constante y rítmico pitido de los monitores médicos. En la cama yacía una mujer joven completamente cubierta de vendajes de cabeza a pie, incapaz de moverse o defenderse tras haber sobrevivido milagrosamente a un terrible accidente.
De repente, la puerta se abrió silenciosamente y entró una mujer mayor, vestida con un elegante traje blanco, cuya expresión denotaba una frialdad espeluznante. Se acercó a la cama y observó a la víctima indefensa. Sin un ápice de compasión, agarró una de las almohadas con ambas manos y la presionó con fuerza brutal sobre el rostro de la joven, intentando asfixiarla.
Mientras ejercía presión para acabar con su vida, la anciana se inclinó y le susurró al oído con una sonrisa malévola y llena de odio:
—¡Deberías haber muerto en la caída, estúpida!
Sin embargo, la mujer vendada no estaba completamente indefensa. A pesar de su inmovilidad, sus dedos se movieron lentamente por debajo de las cobijas hasta alcanzar un pequeño botón de emergencia adjunto a la cama. Con las pocas fuerzas que le quedaban, presionó el interruptor.
En cuestión de segundos, la puerta de la habitación se abrió de par en par con violencia. Un hombre joven vestido con traje oscuro irrumpió en el lugar y presenció la escena de intento de homicidio. Invadido por la rabia y el pánico, corrió hacia la anciana y la agarró fuertemente por los hombros, apartándola bruscamente de la paciente.
La anciana se estrelló contra la pared, mirando al joven con ojos desorbitados de sorpresa y terror. El hombre la encaró con el rostro desencajado por la indignación y le gritó con voz potente:
—¡Aléjate de ella, bruja!
La conspiración y la maldad de la mujer habían quedado al descubierto en el momento más crítico, salvando a la joven de un destino fatal.