La oscuridad de la noche caía sobre el elegante salón de la casa, pero dentro de las cuatro paredes la tensión era insoportable. Un hombre fuera de sí, con el rostro deformado por una ira descontrolada, blandía un bate de béisbol de madera con la intención de castigar y someter a su esposa. Con un movimiento brusco y despiadado, descargó un golpe contra ella.

La mujer, intentando protegerse desesperadamente, se cubrió con los brazos y cayó sobre el sofá, sollozando de dolor y pánico. Mientras ella intentaba resguardarse en un rincón del mueble, el hombre se erigió sobre ella, apretando el bate con rabia y gritándole con un desprecio absoluto:

—¡Inútil! ¡No eres nada sin mí!

La mujer, con la voz quebrada por las lágrimas y el terror, suplicó entre sollozos:

—¡Por favor!

Pero el hombre no mostró un solo ápice de piedad. Acercó su rostro con violencia, mirándola fijamente con ojos llenos de furia y furor, y le remarcó con frialdad y arrogancia:

—¡Esta casa, esta vida es mía!

Mientras el agresor levantaba nuevamente el bate de madera con ambas manos para asestar un golpe definitivo, la mujer, impulsada por el instinto puro de supervivencia, estiró las manos hacia la mesa de centro y agarró un pesado florero de cristal.

En el momento preciso en que él se abalanzó sobre ella, la mujer se puso de pie bruscamente y estrelló el florero de cristal directamente contra la cabeza de su agresor. El cristal se hizo pedazos al instante, esparciéndose por el aire y el suelo mientras el hombre se tambaleaba por el impacto.

Rompiedo las cadenas del miedo que la habían paralizado durante tanto tiempo, la mujer lo miró de frente, con los ojos ardiendo de indignación, y le gritó con toda la fuerza de su alma:

—¡Ya no más!