Era una casa suburbana común y corriente: paredes blancas, cálidos pisos de madera, un pequeño patio trasero y una habitación infantil que habían preparado durante meses para el bebé por el que habían orado. Leah había elegido colores suaves. David había armado la cuna dos veces porque quería que cada tornillo estuviera perfecto.

Pero después de lo sucedido, la casa ya no se sentía como un hogar.

Parecía una prueba.

A la mañana siguiente, la luz del sol entraba a raudales por las ventanas como si nada hubiera pasado. Los pájaros cantaban afuera. Un vecino paseaba a su perro por la calle.

Leah estaba de pie en el umbral de la puerta, con una mano apoyada protectoramente sobre su vientre de embarazada.

Se quedó mirando la sala de estar.

Su respiración era superficial.

David la observaba atentamente.

Parecía agotada, pero el agotamiento no era lo que le asustaba.

Era la forma en que miraba fijamente hacia las esquinas de la habitación.

Como si esperara que alguien saliera de las sombras.

David entró en la cocina.

Abrió los armarios.

Cada frasco.

Cada caja.

Cada botella.

Todo aquello que su madre pudiera haber tocado iba a parar a una bolsa de basura negra.

Té.

Especias.

Azúcar.

Suplementos.

Incluso los paquetes sin abrir.

Leah observaba desde la puerta.

“David…”

“No me importa cuánto cueste.”

Su voz se quebró.

“Si ella lo tocó, desapareció.”

Sacó las bolsas y las tiró al contenedor de basura.

El cristal se hizo añicos.

Durante unos segundos, el ruido resultó extrañamente satisfactorio.

Entonces volvió el silencio.

Y el silencio le recordó la verdad.

Tirar las cosas a la basura no podía borrar lo que su madre había hecho.

No pudo borrar el miedo.

No podía borrar la posibilidad de que volviera.

David se volvió hacia Lea.

“Llamé a un cerrajero.”

Miró hacia la puerta principal.

“Un candado no la detendrá.”

David tragó saliva.

“Entonces construiremos algo más sólido.”