El ambiente en la sala de estar estaba cargado de una tensión insupportable. Doña Helena, con la mirada fuera de sí y llena de ira, arremetió brutalmente contra su nuera, Lucía. Sin medir las consecuencias, la tomó por el cabello y la empujó violentamente cerca del cochecito del bebé.
Lucía cayó al suelo entre lágrimas, sintiendo el dolor del golpe, pero su único instinto fue proteger a su pequeño hijo de tan solo unos meses. Envolviendo al bebé firmemente entre sus brazos, intentó cubrirlo con su propio cuerpo mientras el niño lloraba desconsoladamente por el susto y la confusión.
— ¡Aléjate de mi nieto! —gritó Helena fuera de control, descarando toda su furia sobre la joven madre.— ¡Todo esto es tu culpa!
— ¡Suéltame ahora mismo, mamá! —alcanzó a exclamar Lucía desde el piso, aterrorizada por la agresividad de la mujer.— ¡Me estás asustando! ¡Vas a lastimar al bebé!
Escuchando los gritos desgarradores, Mateo, el esposo de Lucía e hijo de Helena, entró corriendo a la habitación. Al ver a su esposa tirada en el suelo protegiendo a su hijo mientras su madre la atacaba, la sangre se le congeló de la impresión, seguida de una ola de indignación. Sin dudarlo un segundo, se interpuso entre ambas y sujetó a su madre con fuerza para alejarla de Lucía.
— ¿Qué estás haciendo? —exclamó Mateo con la voz quebrada por la ira y el horror.— ¡Suéltala de una vez!
— ¡Ella no sabe cómo cuidar a mi nieto! —respondió Helena, intentando zafarse mientras señalaba acusadoramente a la joven en el suelo.— ¡No voy a permitir que arruine la vida de este niño!
— ¡Ya basta! —gritó Mateo, señalando firmemente hacia la salida mientras mantenía su cuerpo como un escudo frente a su familia.— ¡Haz cruzado todos los límites! ¡Fuera de mi casa ahora mismo!
Helena se quedó paralizada por un instante, sorprendida por la firme decisión de su hijo. Mientras Lucía abrazaba y consolaba al bebé en el suelo, Mateo no dio un solo paso atrás, dejando claro que la seguridad de su esposa e hijo estaba por encima de cualquier vínculo familiar.